¿Dónde se han ido?

Parecían no estar, pero estaban, parecían de compañía pero libres, parecían respetuosos pero atrevidos, parecían valientes pero precavidos, parecían comunes pero especiales, parecían autosuficientes pero agradecidos con unas migajas, parecían cobardes pero decididos, parecían invisibles pero presentes, parecían independientes pero familiares, parecían iguales pero distintos.

Yo los echo de menos en la nube de polvo que levantaban con sus juegos, en el revoloteo en las aceras, en la mesa del desayuno pendientes de un despiste, en las carreras huyendo de los niños que los quieren como amigos, en su juego entre padres, abuelos e hijos, en las llamadas de socorro y hambre en lo alto de los árboles, en el anuncio de primavera de sus nidos inmensos y familiares.

Pero sobre todo porque eran un canto a la libertad en mitad del barrio, un relato de decir estoy contigo pero independiente, una llamada a la naturaleza libre que no escuchamos, un canto a la familia de todos revueltos pero respetando a sus mayores, una sencilla belleza en sus colores ocres, una vuelta a la infancia con sus constantes juegos, un grito de amistad y apego. Me devolvían a la infancia en el pueblo. Eran una alegría verlos cada mañana en mis paseos. Me produce tristeza y nostalgia su ausencia.

A veces me sentaba en un poyo y los contemplaba en sus juegos eternos, en sus paleas por unas migajas, en como expurgaban las flores o plantas tras un grano o picoteaban la tierra tras un insecto,  en la autoridad de los barbudos mayores que se imponían, en el aprendizaje de los sedosos adolescentes, en los revoloteos de los bebés recién caídos de lo alto y en súplica de comida a las madres que ya no les hacían caso. Su relación con las palomas y las torcaces no era muy amistosa, Se les imponían por tamaño pero su sagacidad, rapidez y su atrevimiento les hacía robarles las migajas encontradas. Era muy divertido verlos disputarse unos restos de los mismos picos entre ellos y entre las piernas de sus adversarios.

Quedan algunos. No todos han desaparecidos. No sé de qué huyen o porqué este ya no es su sitio. Se lo preguntaré. En el campo sí se ven, aunque no con la presencia que antes aquí. Quiero pensar que han decidido que estas ciudades son inhabitables y perjudiciales cuando no peligrosas para ellos. No se si serán los insecticidas, los ruidos, los coches, los humos o la tala de árboles donde se sentían protegidos

Ellos no me dicen dónde pero sí el porqué.

El mayor, de barbas negras, me recuerda que siempre vivieron apegados a los humanos; aún en el campo siempre habitaban en los cortijos,  Pero que  no le gustan cómo vivimos ahora. No hacemos las cosas bien ni para vosotros mismos. Por tanto se han ido.

La madre me afirma  con voz suave que han perdido los árboles viejos con sus oquedades y casas antiguas donde construían sus nidos.  Ahora, por lo visto, les ensuciamos los suelos de las terrazas y sus balcones. Ya no somos limpios. Además las cotorras  nos han arrebatado nuestros sitios y comidas.

Los más jóvenes enfadados y ecologistas gritan que aquí no hay quien viva. que los herbicidas en los jardines y los fungicidas en las charcas acaban con los insectos que eran su comida, con los monocultivos donde los cigarrones ya no existen.  Por ello prefieren irse.

Los pequeños me dicen que tienen hambre y no tienen donde jugar. Las aves recien llegadas son un peligro.

Y yo me digo que son unos buenos medidores de nuestra forma de vida, desapegada de la naturaleza. En ella no tienen cabida las aves comunes. Primero se fueron los grillos, después las golondrinas y por último los gorriones.

Rafael García Conde

Jubilado

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