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“¡Es la deuda, estúpido!” Esta es sin duda una de las frases más repetidas desde hace un tiempo por la mayoría de los gurús económicos de nuestro país. Se oye casi cada mañana por la radio o incluso en los platós de televisión más inesperados.
Pero la cuestión no es quién lo dice o dónde, sino si nos damos cuenta de hasta qué punto estamos endeudados. Pero no me refiero a un colectivo más o menos etéreo y sin nombres ni rostro. Me refiero a ustedes, que leen este magnífico periódico, y a mí mismo.
Para empezar, aunque ahora tenemos expertos económicos hasta en la sopa, hasta hace casi nada, no había mucha gente en nuestro país que supiera explicar la diferencia entre déficit y deuda, por ejemplo. O de dónde viene la deuda pública y porque ha crecido tanto.
Por fijar algunas ideas generales, debe saber que: al igual que cualquier familia, los Estados hacen presupuestos anuales. Los elevan a rango de Ley, (en principio con la idea de que se cumplan), y se ciñen a él para la gestión del dinero público. Los Estados tienen gastos que atender: sanidad, educación y servicios sociales, los más importantes. El dinero que cuestan estos gastos se obtiene de los contribuyentes vía impuestos, que constituyen una de las principales fuentes de ingresos que tienen los países. Pero ¿qué pasa si con lo que se recauda no hay suficiente para pagar los gastos previstos? “Pues si no hay dinero, se recortarán los gastos”, puede pensar alguien porque es lo que se hace en cualquier familia sensata. Pero no, en el Estado moderno está “permitido” gastar más de lo que se ingresa: a esto se le llama déficit. Le ponemos un nombre y todo solucionado. Lo arrastramos al año siguiente. Y ya partimos con una cantidad negativa que hay que sumar a los gastos previstos para el siguiente ejercicio y que tenemos que financiar con más impuestos.
¿Pero si con los impuestos anteriores no llegamos a financiar todos los gastos y tuvimos que incurrir en déficit, qué hacemos este año si ya partimos con el déficit del año anterior? No pasa nada, hacemos dos cosas: aumentamos los impuestos y la parte que no nos llegó (el déficit), la financiamos vía deuda. Es decir, emitimos letras, bonos y obligaciones (Deuda Pública) para financiar el déficit del año anterior. De este modo, los ahorradores interesados en obtener un rendimiento por su ahorro, comprarán esta deuda a cambio de un tipo de interés y de la garantía de recuperar su dinero al vencimiento. Y el Estado emisor, tan contento, porque aunque va a seguir gastando más de lo que ingresa, lo puede financiar a largo plazo e incluso conseguir más fondos para gastar más y así poder “reactivar la economía”. Y repetimos el ciclo cada año aumentando la bola lo que haga falta para mantener el “Estado del Bienestar”.
Si esto lo trasladamos a la realidad de cualquier familia española, la deriva resulta cuanto menos alarmante. De modo que esta familia hace un presupuesto, pero resulta que cuando constata que con sus ingresos totales no le llegará para cubrir gastos, en vez de reducir gastos innecesarios, lo que hace es pedir un préstamo para mantener el ritmo de gasto. Y al año siguiente, al hacer su presupuesto, observa que tiene un nivel de gasto superior (se ha ido acostumbrando a “lo bueno”) y además tiene que pagar los intereses y devolver el préstamo que tuvo que pedir. Pero piensa: no pasa nada, pido otro préstamo y así pago el anterior, alargo el plazo de devolución y de ese modo puedo ir tirando.
Proyecte la deriva de esta familia y compárela con la de un Estado equivalente. Si no sabe por dónde voy, no creo que tenga usted solución.
“¡Es (la) deuda, estúpido!”, sentenciaría cualquier gurú; y el problema de las deudas es que alguien tiene que pagarlas.
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